En el acantilado
La primera vez que Syrus vio a Sartorius salir del mar y caminar sobre la playa, le pareció
algo extraño, eran las dos de la mañana y estaba en el acantilado; no lograba conservar el
sueño, así que fue a dar un paseo que lo condujo a ese lugar. Por un lado, veía las olas romper
contra el despeñadero; por el otro lado, en la playa, una toalla y algo de ropa esperaban a su
dueño junto a una de las farolas que iluminaban apenas lo necesario para ver si alguien ronda
por ahí.
Las noches siguientes Syrus tuvo problemas para conciliar el sueño. Se volvió una especie
de costumbre ir al acantilado sin falta para ver a ese hombre, aunque solían coincidir solo
dos o tres veces por semana, no siempre los mismos días. El encuentro dependía de la
voluntad del mayor, Syrus lo aceptaba aun sin entender lo que lo obligaba a acudir cada noche
desde hacía seis semanas.
Ahí estaba una vez más, desde el acantilado mirando el sitio donde las cosas de Sartorius
lo esperaban. La mirada de Syrus se mantenía fija y en ocasiones intentaba verlo en la masa
marina y salvaje, pero en la penumbra nada se distinguía, ni siquiera en los días de luna llena.
Syrus sentía el corazón inquieto, siempre que esperaba se sentía nervioso. Pocas veces se
habían cruzado sus miradas, el mayor en ocasiones lo miraba, pero no mucho tiempo, parecía
ignorarlo y seguir adelante.
Con el rumor de las olas, vio al hombre salir del mar; a Syrus se le pausó la respiración un
instante, como si quisiera mantenerse imperceptible, minúsculo y secreto. Lo observó secar
su cuerpo y luego vestirse. A pesar de la distancia, distinguía los movimientos de sus manos,
el equilibrio de su cuerpo y el compás de su respiración que le causaba un ligero trance.
—Con que es aquí a donde vienes. Me tenías preocupado, amigo—. La voz de Jaden cortó
el ambiente con toda la indiscreción de la que era capaz. Syrus tembló y sacó la mirada de su
objetivo, buscando los ojos de su amigo y pidiendo que guardara silencio. —¿Qué pasa Sy?
¿Qué es lo que estás viendo? — El castaño asomó al acantilado. Desde abajo, en la farola,
Sartorius los observaba fijamente, con el interés que no había mostrado en todas las otras
semanas. Syrus no supo qué decirle a su amigo quien sostuvo la mirada de aquel hombre
hasta que se marchó. —¿Ese era Sartorius? ¿Qué hacía ahí? — El castaño no podía imaginar
lo que había detrás de todo eso.
—No lo sé— dijo al fin el de cabello azul. —Hace algunas semanas lo descubrí y quería
asegurarme de que no fuera nada sospechoso… No creí que debiera avisarte hasta saber lo
que ocurre.
Aquella respuesta le pareció razonable al rojo que se llevó a su compañero de vuelta al
dormitorio sin hablar más sobre el tema.
Las siguientes tres noches no se presentó Sartorius a la “cita”. La cuarta noche, Syrus se
fue a dormir con la convicción de no volver al acantilado. Durmió con toda tranquilidad hasta
las dos de la mañana. Aunque quiso convencerse de no ir, terminó ahí, esperando, con el
corazón ansioso y la incertidumbre de si algo sería diferente. Al principio, todo fue igual, los
movimientos indiferentes de aquel hombre le hablaron con la naturalidad de la rutina; sin
embargo, al salir del mar, Sartorius miró al acantilado, veía a Syrus sin hacer alguna
expresión, pero dejándole claro que lo observaba. Syrus se quedó tan aturdido al notar esa
mirada que no escuchó los pasos de los que se acercaron. Tres estudiantes del dormitorio
blanco le cubrieron la boca, los ojos y se lo llevaron hasta su guarida.
Cuando pudo ver otra vez, estaba en un sitio impoluto que daba la sensación de una
habitación de catálogo, como si nadie hubiera habitado ese lugar. Syrus siempre se preguntó
cómo sería el dormitorio de los azules, tan lleno de lujos y buen gusto. La imagen que tenía
en su cabeza no resultó demasiado diferente con respecto al dormitorio blanco. A pesar de
eso, tenía que irse de ahí; al principio intentó por las ventanas y por el baño, pero estaba
imposibilitado el escape por ambos. La puerta de la habitación no fue muy diferente, también
estaba cerrada. No entendía los motivos tras su captura, no era más que alguien que estuvo
husmeando un poco sin descubrir nada relevante. No había presenciado algo ilegal, un plan
malévolo o cualquier cosa que ameritara estar en su situación. Tras comprobar que no tenía
medios de escape, terminó tirándose en la cama. Eran casi las cuatro de la mañana y lo
empezaba a vencer el sueño, por lo que apenas se apoyó en la almohada, se quedó dormido.
A las siete en punto entraron a dejarle el desayuno, el chico estaba tan cansado que no se
percató de en qué momento sucedió aquello. No despertó sino hasta cerca de las diez. No le
encantaba la idea de ser un prisionero, pero tampoco lo molestaba demasiado luego de dormir
en una cama de buena calidad.
Volvió a explorar la habitación, confirmando que no había una forma de escapar desde ahí,
lo que significaba que tendría que esperar a que alguien llegara a darle una explicación. Miró
la bandeja con el desayuno, estaba frío, pero se miraba bien. Mientras tomaba un plato con
arroz, escuchó el rumor de las voces afuera antes de que la puerta se abriera. Miró a Sartorius
entrar, poseía toda la serenidad que lo caracterizaba, como si supiera exactamente a dónde lo
dirigía cada una de sus acciones.
—Buenos días, joven Truesdale— la voz limpia de quien ahora mandaba sobre aquel
dormitorio hizo reaccionar de inmediato a Syrus. Al principio no dijo nada, lo contempló como
quien observa el abismo, la misma mirada que le daba en el acantilado. El mayor se acercó a
la cama, miró la bandeja y sin pensarlo tomó una de las fresas que había en un pequeño plato
con fruta. —Son excelentes, deberías probarlas— se comió la fruta y sonrió, satisfecho con
el sabor. Fue a la ventana a abrir las cortinas. La luz era ya bastante cálida, estaba próximo
el mediodía y ese hombre contempló la vista durante un rato.
Syrus siguió sumido en un mutismo involuntario. La presencia de Sartorius lo abrumaba.
Tal vez era eso lo que causaba en los otros estudiantes a quienes les lavó el cerebro. Eran
solo un montón de polillas deslumbradas por una lámpara. El chico siguió comiendo el
desayuno hasta terminarlo, luego salió de la cama y se puso los zapatos. —¿Por qué estoy
aquí? No soy de ayuda para lo que sea que tengas planeado— dijo al fin Syrus, aun sin
entender el por qué de su secuestro . —No hay motivos para que me tengas prisionero.
La palabra final llamó la atención del mayor que volteó a ver al menor y soltó una risa
divertida pero discreta. —Ven, camina conmigo— invitó al menor abriendo la puerta de la
habitación y dejando a Syrus salir primero. A cada lado de la puerta había sendos estudiantes
a los que Sartorius rechazó con un leve ademán para que no los siguieran. El de cabello azul,
dudando un poco todavía, caminó junto al mayor por los pasillos del dormitorio. Era más
grande y laberíntico de lo que parecía por fuera. Todo era blanco y resplandeciente casi al
punto de dañar la vista. Los pasos del líder resonaban contra el piso rítmicamente, no había
variación en su tempo ni tampoco se escuchaba más ruido que el eco de ese andar.
—¿Vas a decirme por qué me secuestraste?— volvió a interrogar el menor luego de un rato,
más resuelto que antes a pesar de lo confundido que se sentía.
—Tranquilo, joven Truesdale. No eres un prisionero. Prefiero verte como un invitado muy
especial. Deberías verlo de la misma forma— aquella voz casi sonaba irónica, como si se
burlara.
—¿Significa que puedo marcharme?
—No.
Se detuvieron, finalmente, frente a una puerta. Habían recorrido varios pasillos y doblado
en tantas esquinas que el de cabello azul no habría podido hacer el recorrido de vuelta sin
perderse. El mayor abrió la puerta, era una oficina amplia pero acogedora y tan coherente
con el resto del edificio que el resplandor era doloroso. El sol entraba ahí con libertad y el
color blanco de las paredes lo dispersaba hacia cada rincón. Syrus entró casi por inercia.
Hasta ese lugar alejado no llegaba más ruido ajeno al que ellos producían. De abrir las
ventanas, los rumores de los pájaros y las olas del mar también habrían entrado.
—¿Es porque te estuve observando? Si es por eso yo no…— no pudo continuar con esa
frase pues no tenía idea de qué es lo que quería expresar. ¿No quería espiarte? ¿No pude
evitarlo? ¿No quería molestar? ¿Estaba curioso sobre ti? Se sonrojó al meditar un instante
sobre lo que significaba asistir cada noche para intentar verlo en la playa. Claro que era
extraño y sospechoso, cualquiera habría tomado cartas en el asunto.
—Jaden Yuki— ese nombre sacó al peliazul de sus pensamientos y se sintió algo decaído
por un momento. —Digamos que me interesa él. Ya que no aceptará venir por su cuenta, creí
que un buen incentivo sería tenerte aquí como invitado.
En Syrus se revolvieron varios sentimientos: por un lado lo preocupaba que su amigo
pudiera ponerse a merced de esos lunáticos; por el otro, estaba un poco decepcionado de no
ser realmente un foco de interés.
—Él no caerá en una trampa como esta. Y aunque lo hiciera, ¡es más fuerte que todo el
dormitorio junto!— Syrus alzó un poco la voz y como respuesta obtuvo una risa con un
resabio cruel.
—Hablas como si no conocieras las debilidades de tu amigo, joven Truesdale.
Syrus volvió a guardar silencio. Tenía que encontrar una forma de salir de ahí. Miró con
discreción hacia la puerta, sabía que si intentaba salir de ahí, terminaría perdido en los
pasillos y lo capturarían fácilmente. Se acercó a la ventana, era demasiado alto para intentar
saltar desde ahí. El árbol más cercano estaba a casi diez metros, así que tampoco había
oportunidad de sobrevivir si elegía la ventana como punto de fuga. Debía aceptar que estaba
atrapado y sin opciones.
Sartoruis fue a sentarse tras su escritorio. —¿Sabes? Te veías un poco decepcionado cuando
te expliqué los motivos por los que estás aquí. ¿A caso esperabas una explicación diferente?
Syrus se sonrojó y siguió mirando por la ventana. —No… Es solo que… — tartamudeó
intentando pensar en una explicación que lo sacara de ese momento incómodo.
—Esperabas que mi interés por ti fuera genuino luego de que has ido a espiarme de
madrugada durante semanas. ¿Es eso lo que quieres decir?
El sonrojo se volvió palidez. Claro, aquello no era un secreto, habían hecho contacto visual
más de una vez a pesar de que casi siempre era ignorado.
—N-no… Eso no es…
El mayor miró a Syrus y le pareció divertido. A pesar de esos momentos donde fingía
determinación y también de ser tan entrometido, le resultaba un poco lindo, como uno de
esos mamíferos pequeños a los que un puntapié puede causarles la muerte. —Joven
Truesdale, hay pocas formas de conseguir mi genuino interés y no tienes acceso a ninguna
de ellas. No te sientas mal, puedo asegurarte que justo ahora te aprecio considerablemente;
después de todo, gracias a ti es que conseguiré a Jaden Yuki.
El golpe en el orgullo del peliazul fue duro, se sentía aturdido y también molesto, pero no
estaba seguro de la razón detrás del enojo. ¿Era por ser utilizado para llegar a Jaden o por no
ser un motivo de genuino interés? Fue hacia un sofá y se sentó, estaba lejos del escritorio
donde Sartorius revisaba algunos documentos. No se agregó nada a la conversación y Syrus
no pudo hacer que su enojo se disolviera. Lo irritaba ser la debilidad. Creía que se estaba
haciendo fuerte, pero no era así, seguía siendo el mismo debilucho cobarde de toda la vida.
No estaría nunca a la altura de Jaden o de Zane, no tenía la habilidad ni mucho menos la
determinación para convertirse en un duelista relevante.
El sonido de los pasos dirigiéndose a él lo sacaron del ensimismamiento, pero el contacto
con la realidad duró muy poco. Sintió a su rostro ser levantado y luego la presión sobre los
labios. Todos los pensamientos desaparecieron en ese momento, en el contacto que duró
apenas lo suficiente para entender lo que ocurría. Cuando Sartoruis cortó el beso, le dio a
Syrus una mirada contemplativa. —Eres muy seductor cuando te consume la rabia.
El de cabello azul no pudo responder, el aturdimiento de la repentina cercanía lo paralizó.
Sintió que algo desbordaba dentro de él, así que cuando el mayor se alejó un poco más,
convencido de volver a su sitio en el escritorio, Syrus lo jaló hacia sí para reconectar el beso.
No sabía cómo hacerlo, pero intentó lo mejor que pudo. Movió los labios, acrecentando el
contacto.
El beso se alargó durante algunos momentos, Sartorius lo hizo más apasionado e intenso a
pesar de que Syrus no podía seguirle el ritmo. Rápidamente, aquello se volvió algo más.
Sobre el sofá, el de cabello azul recibía las caricias que Sartoruis daba a su cuerpo. El beso
se cortaba en ocasiones, se miraban un momento y luego volvían a besarse. El menor no tenía
idea de qué hacer, estaba confundido pero no quería oponerse, lo deseaba. No sabía en qué
momento se empezó a sentir así, pero el rumbo que tomaba aquello era exactamente lo que
había buscado sin ser consciente. Sartorius parecía satisfecho también con el rumbo de las
cosas, para él no era más que un rato con un chico encantador que se marcharía cuando Jaden
finalmente se convirtiera en un siervo más de la Sociedad de la Luz.
La boca de Sartorius bajó pronto de los labios al cuello donde se detuvo un momento. La
ropa del peliazul fue quedando a un lado; no dio resistencia, se dejaba llevar y lo disfrutaba.
La sensación de esas manos, de los labios sobre la piel lo arrastraban a un entorno
desconocido y seductor. Quería más. Al principio fue un sentimiento extraño el de los labios
marcando su cuello, era raro, pero agradable. Junto a esto, vino también la succión en su
pecho, en los pezones, más estimulante de lo que cualquiera supondría. Los jadeos
comenzaron a hacerse notorios en este punto. Syrus, confundido todavía, no estaba seguro
de si podría soportar todo lo que parecía avecinarse. Se mordía los labios y apretaba la ropa
de su amante, aferrándose a él como si se tratase de un lugar seguro.
—Comienzas a ser bastante bonito. Tal vez decida conservarte— advirtió el mayor bajando
por el abdomen, dejando un rastro de saliva y arrancando con ello otro par de jadeos que
Syrus intentaba controlar mordiéndose los labios. Tenía los ojos cerrados, si veía a Sartorius
podría morir de la vergüenza. El mayor sentía cierta comodidad con el otro, era fácil
controlarlo y estaban disfrutando los dos de la intimidad, por lo que no dudó en continuar
sacando la ropa hasta dejarlo desnudo. Se alejó un poco para darle un vistazo completo, ese
era el cuerpo ingenuo y ansioso de la inexperiencia.
Se puso de rodillas frente al sofá, entre las piernas del menor y dejó una marca en la cara
interior del muslo de Syrus, íntima y dolorosa, que le recordara durante varios días ese
encuentro. A la marca la acompañaron varios besos y lamidas en ambos muslos que eran una
tortura para el miembro que ya temblaba erecto, deseoso de atención. Una de las manos de
Syrus fue a hacerse cargo por sí misma, apenas comenzó a tocarse, sintió una sacudida, se
sentía increíble sentir la boca y el aliento de alguien más tan cerca junto a las caricias que él
podía darse.
El natural avance de los sucesos llevó al mayor a una felación. Al mismo tiempo que jugaba
con el miembro de su amante, lo acariciaba con una de sus manos, bombeando arriba y abajo.
Las caderas de Syrus se movían por su cuenta y los gemidos y jadeos llenaban con más
ímpetu la oficina. Nadie estaba cerca y no era necesario contenerse. Syrus se sentía libre y se
sentía deseado. La manera en que el mayor lo tocaba lo hacía sentir como nunca y por su
cabeza pasó la posibilidad que quedarse con él, volverse uno más de ellos, un amante, una
mascota, cualquier cosa que le permitiera sentirse de esa forma otra vez.
Tras un rato, Sartorius comenzó a dilatar el ano de su amante. Primero un dedo y luego dos
que jugueteaban buscando la próstata, el punto adecuado para la estimulación. No le tomó
demasiado tiempo y tampoco a Syrus el aceptar tres dedos en su interior, entrando y saliendo,
arrancándole gemidos y ruegos ansiosos por continuar. Nunca había pensado en estar con un
hombre, mucho menos en que al hacerlo se sentiría tan deseoso de ser penetrado, pero ahora
que había terminado así, podía admitir que lo deseaba.
—Sartorius… Más… Más…— gimoteaba mientras sus caderas se movían buscando
aumentar el roce, la fuerza, la violencia.
El mayor parecía satisfecho con la forma en que ese chico se movía, el lindo rostro que
ponía al estar perdido en el placer y la forma en que rogaba. Una sonrisa se dibujó en su
rostro, pero no dijo nada. Se detuvo tras uno momentos solo para sacar los dedos de dentro y
liberar su propia hombría, palpitante, ansiosa por poseer aquel cuerpo. Entró con lentos
vaivenes que pasaron rápido a ser movimientos más largos y acompasados donde los sonidos
que ambos hacían se mezclaban y corrían más allá de las paredes y las ventanas.
Junto al onomatopéyico sexo, el sonido del piso cerámico también se hizo espacio desde
fuera de la habitación. Alguien corría por el pasillo y se aproximaba. —Parece que tenemos
compañía, joven Truesdale— dijo el mayor sin dejar de moverse. Un gruñido se le escapó al
sentir que el otro le apretaba con más fuerza, asustado por las palabras que acababa de
escuchar. —Y tú que creías que no vendría… ¿Qué harás cuando te encuentre así? Eres una
perra muy sucia y traicionera. Me entregas el culo y me ruegas a pesar de que conoces mis
planes…
Syrus sintió vergüenza, pero el hecho de ser descubierto lo hacía sentir aun más excitado.
Quería ser visto, que también Jaden descubriera en él lo erótico del sexo. Siguió moviendo
la cadera, buscando los labios del mayor para ahogarse en un beso intenso mientras golpeaban
la puerta intentando echarla abajo. Su mente estaba perdida, entregada por completo a
Sartoruis.
Los golpes en el trasero y los golpes en la puerta solo hacían gemir más alto a Syrus,
mientras al otro lado escuchaba a su amigo.
—¡Syrus! ¡Syrus, ¿qué te sucede?!— la voz de Jaden lo llamaba, pero él solo deseaba ser
descubierto y que Sartorius le llenara con su semen.
—¡Más, Sartoruis! ¡Voy a…!
La puerta cayó finalmente y el fuerte estruendo también trajo de vuelta a la realidad al
peliazul que al abrir los ojos se encontraba aun en el dormitorio rojo. Había caído de la cama
y Jaden lo observaba de pie a un lado.
—¿Tuviste una pesadilla? Estabas muy agitado y no podía despertarte— Jaden se acercó a
ayudarlo a levantarse, parecía que el peliazul seguía sin comprender del todo lo que pasaba.
—Tal vez fue la cena, comiste demasiados condimentos.
Syrus se desprendió del último lazo con el mundo onírico antes de abrir la boca. —Tuve un
sueño extraño— fue todo lo que dijo antes de ver la hora en el reloj. Era de madrugada
todavía. Jaden no hizo muchas más preguntas, volvió a la cama luego de un rato y durmió
sin contratiempos el resto de la noche. Syrus no pudo dormir. Quería ir al acantilado,
comprobar por sí mismo lo que había ocurrido, sin embargo, no tuvo el valor para hacerlo
esa noche, ni la siguiente o la que vino después. Dejó pasar una semana hasta que se atrevió
a volver. Jaden dormía, como de costumbre, con toda la profundidad que lo caracterizaba. El
silencio se coronaba con las olas, los insectos y aves nocturnas. En la farola de siempre no
estaban la toalla y la ropa esperando a su dueño. Tendría que volver al día siguiente.
—Comenzaba a preguntarme qué había ocurrido contigo, joven Truesdale— una voz
conocida se escuchó detrás. Syrus volteó de inmediato, encontrándose con su objetivo, más
impresionante a seis metros que a cincuenta.
—Yo… Yo no…
El mayor le dio una de esas sonrisas tan propias y se marchó sin decir otra cosa; caminó
hacia la playa. Syrus vio a Sartorius sobre la arena sacarse la ropa. Sartorius vio a Syrus desde
el abismo, sostuvieron la mirada unos segundos y finalmente el hombre entró en el mar.
Luego de esa noche, Syrus no tuvo más sueños extraños y tampoco volvió al acantilado.