sábado, 20 de junio de 2020

Bastion y Chazz


Este es un fanfiction que escribí en febrero para un grupo de Yu-gi-oh! en que estoy en Facebook. La pareja son Chazz y Bastion, (Jun y Daichi respectivamente, para los que no la vieron en latino). Espero que disfruten de la historia.


La rutina cada día es la misma: Bastion sale temprano por la mañana y regresa muy tarde por la noche, duerme, y otra vez al trabajo. Cuando tengo suerte me abraza en la cama, a veces también me besa. Ya no le pido sexo porque no parece gustarle y creo que yo tampoco lo disfruto. Bastion presta mucha atención a sus investigaciones y por eso nunca está en casa. Yo siempre estoy aquí, esperando a que él regrese. En su día libre se amotina en su estudio y sigue con el trabajo. Me reconforta saber que al menos ese día comemos en la misma casa. Cuando toco la puerta y él se tarda casi dos minutos en abrir, yo imagino que es para ordenar un poco antes de dejarme pasar (nunca me deja pasar, siempre toma el plato, me da una sonrisa y regresa a sus cosas). Es una vida silenciosa.
A veces mis hermanos llaman y entonces me alegro un poco, reafirman de mi decisión respecto a Bastion. Ellos no están satisfecho y reclaman con frecuencia: “¿Por qué nos sigues humillando?” “Un Princeton no puede tener relaciones tan poco convenientes”. Soy consciente de su molestia porque nada de lo que hago los satisface, así que no me importan sus comentarios. Bastion no sabe que mi familia lo desaprueba, siempre que insiste en ir a conocer a mis padres yo le sonrío y le aseguro que iremos cuando él tenga tiempo libre: “El día que tú quieras, Bastion, seguro que ellos te amarán”. Y ya hace un año que se lo repito.
El problema no es él, es su falta de memoria… o tal vez de tacto. La primera fecha que olvidó fue mi cumpleaños, y no fue gran problema porque tampoco es una fecha tan importante. No lo recordó, ni dijo nada al respecto, aun cuando vio el pastel en el refrigerador. Estoy seguro de que lo atribuyó a un antojo o a una de mis “extravagancias”, como él suele llamar a toda decisión que tomo o cosa que le pido. Todavía hoy no recuerda que mi cumpleaños fue hace meses. Tampoco recuerda cuando me prometió que celebraríamos navidad. Antes de mudarnos se lo pedí: “En navidad brindaremos juntos, ¿verdad?” “Claro, cada navidad a partir de ahora”. Pero ni siquiera regresó a casa esa noche, tampoco la siguiente. Volvió días después, el 31, a tomar un baño, ropa limpia y luego regresó a hacer ciencia. Ese día ni siquiera me miró, era como si no pudiera ver nada. No cruzamos palabras. Si no le reclamé fue porque su trabajo es importante para él, porque es lo que lo mantiene vivo y lo ayuda a que paguemos este departamento, donde me visita unas horas al día.
Se lo pedí hace una semana porque creí, ingenuo yo, que él recordaría si lo mencionaba cercana la fecha: “¿San Valentín? ¿No es eso cosa de adolescentes? Da igual, si es importante para ti podemos ir a cenar. ¿Eso te gustaría?”, y por la gran sonrisa que me dio, estaba seguro de que no iba a suceder.  Sin embargo, me alisté temprano y esperé viendo la T.V.; revisé en el móvil las publicaciones de quienes ya estaban con su pareja celebrando. Antes de ver el reloj, siempre cada diez minutos, voy a la ventana y veo la calle, confiando ciegamente en que Bastion bajará de un taxi con un lindo regalo, y yo deberé guardar compostura hasta que él llegue al departamento.
“Creo que tu novio olvidó su cita, jefe”. A veces los ojamas aparecen y me aturden, dicen cosas que no quiero escuchar. “Tal vez está saliendo con alguien más”. “¡Claro que no! Nadie puede ser mejor pareja que el jefe”. Y entre ellos pelean mientras intento serenarme. A las diez me resigno: él otra vez lo olvidó porque tiene cosas más importantes, cosas que lo mantienen vivo.
 Voy y tomo un baño o no podré dormir por el fijador en el cabello. Al vestirme escucho ruido afuera, parece que Bastion ya regresó. En el sillón de la sala está su abrigo y en la mesita de centro una caja de chocolates. No son caros y no tienen una presentación hermosa, pero ¡son para mí!, ¡un regalo! Abrazo el paquete.
En cuanto aparece Bastion me tiro sobre él para besarlo una y otra vez. No escucho sus intentos por alejarme y lo llevo a la habitación. Hace mucho necesito sentirlo cerca. No apago las luces, quiero verlo y que me vea. Me saco el pijama rápidamente y él me mira sobrecogido. Cuando sus manos finalmente tocan mi cuerpo me relajo. No detengo sus besos ni sus caricias que van de mi cuello a mis muslos. Mi novio, mi soporte, está aquí conmigo. ¿Qué importa el pasado?
“Gracias por recordarlo. Te necesitaba tanto, Bastion”. Lo abrazo y escondo mi rostro en su cuello. Él no me responde, se limita a acariciar mi espalda. “El chocolate… Te lo agradezco”. Otra vez silencio. Lo siento temblar y me separa un poco antes de darme un beso: “Me lo dio una compañera. No te pongas celoso, se lo dio a todos ahí. No estoy interesado en nadie más que en ti, lo juro”.
Y mientras escucho sus palabras una náusea me viene de repente. Me alejo aturdido, aunque intenta detenerme. No digo nada y él tampoco lo hace. Tomo el pijama antes de salir: “Dormiré en la otra habitación. Mañana tengo programada una conferencia en la Academia de Duelos y debo llegar temprano. Te dejo el desayuno en la cocina... Descansa, Bastion”. No viene tras de mí, y por el silencio asumo que se encerró en su estudio a continuar con sus cosas… Así es él  
Tras intentar dormir un poco, sin éxito, regreso a nuestra habitación. Parece que él duerme ya, y yo me meto entre las sábanas para dormir a su lado: Mi hombre, mi Bastion, al que siempre espero.
++++++++++++++++++++++++++++++
Cuando Chazz entró en la habitación, Bastion ni siquiera se movió: “Te amo, imbécil”. La peculiar expresión de Chazz cala en la tranquilidad del otro. Bastion aguarda unos segundos, duda sobre lo que es correcto, pero finalmente toma por la espalda a Chazz; lo abraza como reteniéndolo, ninguno se atreve a hablar. “Todo estará bien, solo debo prestar más atención a los detalles”, piensa Bastion, No sabe que en la mañana la rutina se repetirá indefinidamente.

V. Vuelta


Todo es penumbra hasta que descorre las cortinas: comienzan las actividades, aparece la melancolía. No se pregunta razones, es una sensación de la que no logra desprenderse. Al salir del departamento son las nueve, va tarde otra vez. Se disculpa al llegar a la cafetería y nadie lo riñe porque "ya es costumbre". Ama su trabajo, se apega a la rutina. Ya no siente interés en la luz artificial, son un recuerdo adolescente: Su yo del pasado está en una foto en el departamento; cada tanto la toma y ve lo que no quiere ser más. Medio atormentado, medio determinado, piensa en el presente y en las satisfacciones con las que se encuentra y cree merecer.
Dos o tres veces a la semana visita la cafetería un estudiante. Siempre quiere lo mismo, por lo que ya nadie le pide la orden: "¿Cargadito?" es lo único que le preguntan. El mesero se acerca con un café negro y se retira con una sonrisa.
 Algo cambia hoy. El estudiante detiene por la muñeca al mesero. Por unos momentos se mantienen en silencio y a la expectativa.
― ¿A qué hora sales? ―el estudiante tartamudea. Se sorprende de sí mismo.
―Termino en cuarenta. ―El mesero mira el reloj en la pared de la barra para confirmar su afirmación. No miente.
―Trae otro café. Te espero.
El mesero no se niega, pero tampoco se emociona, continúa su turno hasta el final.
Al salir no hablan, pero caminan juntos hasta una plaza, confían en el otro sin razón aparente.
― ¿Qué te acongoja? ―Habla el estudiante.
El silencio se torna incómodo, empaña el momento.
―Es mi primer año aquí ―nuevamente intenta y otra vez sólo obtiene silencio.
Ninguno sabe qué decir.
El mesero saca un cigarro, no ofrece.
―Soy Roberto. ―El estudiante mira al mesero que no se toma la molestia de voltear, de haberlo hecho habría notado la mano estirada en busca de ser estrechada.
―Conozco tu nombre. 
El mesero recuerda la melancolía de la maña y la asume como un presagio de mala fortuna, luego se siente ridículo por creer en la fortuna.
― Entonces... ¿por qué estás triste? ―Roberto insiste.
El mesero, que ya terminó de fumar, mira al otro y suspira, se acomoda en la banca, medita lo que debería decir. No encuentra las palabras, todo se le complica, una sílaba se apelmaza con la anterior y las siguientes. Nada sale. Aguanta la respiración un segundo, exhala y vuelve a tomar aire. No quiere recordar, pero algo lo empuja a hablar finalmente.
―Se llama Jacinto…
Narra cada pasaje que recuerda. Su voz no tiene emociones, no hay sobresaltos en el monólogo que parece saber de memoria. Durante una hora el mesero habla sin pausa ni prisa. Al terminar guarda silencio. No espera una respuesta, se siente inquieto. Quiere llorar, su tendencia al melodrama está latente.
― ¿Quieres que nos veamos mañana? ―Roberto habla al levantarse.
―Irás a la cafetería.
Ambos se marchan.
Al llegar a casa, el mesero tira su retrato de junto a la ventana. En la mañana el sol lo despierta con un golpe ardiente en el rostro, otra vez no sonó la alarma. Sabe que llegará tarde y que la rutina se repite.

IV. Claudio


Mi memoria es buena, no necesito más que ver una cara unos segundos para trabajar con ella. Hago bocetos: dos, tres, muchos… Depende de cuán embelesado estoy. Inmortalizo lo que es inmortalizable ¿ajá?  Y expongo mis obras cuando es prudente. Me enamoro rápido. Mi sentido de la belleza me vuelve impresionable por culpa de un hombre casi ordinario. Me saludaba desde su balcón. En el estudio están sus retratos, se llama Claudio y es músico. Parece que su carrera crece, aunque cuando lo conocí era un sencillo pianista sin nombre. Ahora asisto a todas las funciones que puedo pagar.
El teatro esta noche es encantador, grande, pero se llena rápido. Me gustan las cortinas del telón y las piernas; los rostros de las personas se desdibujan, no me interesan, mi atención va directamente a los altos techos y a las paredes. Quiero acercarme al foso de la orquesta, mirar desde ahí a Claudio y durante casi dos horas escuchar a mi amor. Me pregunto si  en el escenario se distinguen rostros en la oscuridad. Desearía que él me viera.
Al finalizar la función, Claudio va con su amante, esa bestia rosa en la que fija la mirada. Los veo a lo lejos subir a un auto y observo hasta que ya no hay rastro de su presencia, y la multitud desaparece.
En casa conservo la calma, ceno y hago unos bocetos hasta que ya no puedo: me tiro en la cama, escondo el rostro en la almohada y grito, grito una y otra vez. Pataleo como un niño y lanzo todo lejos de mí. . Destrozo mis dibujos, tiro contra la pared mis materiales, tiro la ropa del armario por toda la habitación y me muerdo los labios pensando en lo que la pareja está haciendo a esa hora, cualquiera acitividad posible me hace odiarlos cada vez más. Odio a ese maldito amante: Su única virtud es la cara bonita. Los quiero separados o muertos. Mejor muertos, así todos olvidarán a Claudio, todos menos yo y así será mío siempre. Muertos, solamente pueden estar muertos para que yo sea feliz.  Claudio y Bastián, Claudio y Bastián, Claudio y Bastián, sólo así es posible...
Por la mañana me siento mejor. Salgo de la cama y me doy un baño antes de ir a desayunar. No sé en qué momento me quedé dormido ni cuánto tiempo hice rabietas, pero no importa, Claudio tiene otra presentación esta noche y yo un boleto pegado en el refri.

III. Loth y Marcel


Conocí a Marcel cuando éramos niños. No lo quería cerca porque él significa problemas, desde el principio fue así. Su voz aguda y nasal era desesperante, pero así como no me di cuenta del momento en que comenzamos a ser amigos, no me di cuenta de cuándo su voz comenzó a ponerme nervioso. Marcel se convirtió en un pensamiento frecuente, y aunque intenté monopolizarlo, mi amigo parecía disfrutar más de las conversaciones con cualquiera que no fuera yo. Me molestan sus ansias de novedad, me impone ese deseo y pretende modelarme a su gusto. Él elige a nuestros compañeros, siempre de la misma forma: los observa unos días y luego me pide que me acerque, no me pregunta si estoy interesado.
Hay una chica en su trabajo, Marcel me pidió que la invitara. Tiene un protocolo, siempre hace las cosas de la misma manera; se saca el condón y dice: "Helena me gusta". Sé qué significa, no necesita decir más.
Temprano en la mañana me paso por la cafetería de camino a la facultad. Sigue cerrado y tengo que volver más tarde. ¡No quiero! Horas después, al medio día, recibo un mensaje: "Te amo". Marcel cree que ya acordé la cita. Apago el móvil. Regreso a la cafetería, tomo aire, sonrío y entro. Unos minutos después salgo de ahí con un café americano y una confirmación. Iremos a un motel, me disgusta llevar mujeres a casa, observan todo y siempre tienen una opinión.
Voy a un jardín a beberme el café. Tengo celos de las parejas que pasean. ¿Por qué Marcel no es así? ¡Payaso ególatra! Dejo el café a un lado y miro las caras de los solitarios, me identifico con ellos: vacíos, ansiosos de calor. Cuando enciendo el móvil, me llega un mensaje: "Llevaré la comida, ven pronto a casa". Miro con desprecio el aparato, me tomo mi tiempo antes de responder: "Te llevo un postre. Te amo". Me voy a prisa, debo buscar una pastelería.
***
Loth va a dejarme. Dirá que ya no me quiere, que lo mejor es separarnos, y aunque es masoquista incluso él tiene un límite. Va a dejarme y no volveré a verlo. Sé que tomará al gato, el resto de sus cosas y saldrá por la puerta una última vez. Me hablará pausadamente, sin molestias, con la serenidad de la resignación. Me mirará a los ojos y sin remordimientos dirá lo que tenga que decir.
Llega, nos sentamos a comer y me cuenta su día. Habla de términos que no entiendo, yo sonrío y asiento como si me interesara. Me aburre, pero lo quiero y por eso debo soportarlo. Me compró un pastel de chocolate, siempre compra algo con chocolate. Quisiera que fuera más innovador, que alguna vez se aventurara a comprar galletas o que no comprara nada. Sí, me gustaría que un día llegara sin un regalo y discutiéramos por la falta de postre, eso sería suficiente para hacer buena nuestra tarde. No necesitamos postres.
Nunca discutimos, siempre me da la razón, siempre acepta lo que digo e incluso se adelanta a lo que pudiera pedirle. Interpreta mis acciones, mis gestos y palabras. No muestra oposición, busca la manera de complacerme aun cuando no quiero. Su gentileza es odiosa porque sé que es auténtica, le nace. Loth es ingenuo, por eso lo odio.
Un día se va a cansar, va a tomar el gato y sus cosas para salir por última vez. No regresará. No sé si la idea me aterra o es indiferente. A veces no sé si temo perderlo o me relaja. Sé que va a dejarme, desde hace mucho le noto las ganas de irse. No debí aceptarlo, ahora podría no tenerlo en mi vida y no esperaría nerviosamente su adiós. Sé que lo hará, que Loth entrará por la puerta y me mirará de una forma diferente, sabré que maté lo que teníamos y me lo dirá, no como reproche, pero me lo dirá: ¡Ya no te quiero!. No podré reaccionar tan a prisa como para suplicarle, para hablar sobre mis errores, nuestros errores. Va a tomar esa maleta gris que está debajo la cama y guardará sus cosas.
Mañana, mañana va a dejarme. Lo miro del otro lado de la cama, duerme con tranquilidad porque sabe que se librará de mí y no tendrá que sonreír a pesar de estar molesto. No volverá a verme a los ojos, no besará a quien no desea, no cumplirá mis caprichos. Tomo su mano bajo las sábanas y beso la palma, lo abrazo y cierro los ojos. Me abraza: ¿Tuviste una pesadilla? Duerme, Marcel, tienes turno a las siete. Me besa la frente, yo me aferro. No quiero que se marche, pero va a hacerlo, mañana a medio día tomará sus cosas y se marchará. Se puso a pensar en la forma correcta de dejarme, por eso estuvo despierto hasta que me quedé dormido, no quiere que sospeche nada.

II. Compañero


No les gusto, pero igual me invitaron. Tampoco los conocía de mucho y por eso acepté pasar la noche con ellos: “será divertido”, pensé. No me molesta olvidar un rato la holgada rutina para conocer la casa de Loth. Nos vemos fuera. Aprovechamos el supermercado en la ruta para llevar unas cervezas que ellos pagan porque no llevo mucho efectivo, apenas lo suficiente para el metro.
La casa/ departamento es apretado, tiene la cocina sucia, la sala con un único sofá y, sobre este, un gato flaco durmiendo. El gato abre los ojos y me observa de arriba a abajo. Me da la bienvenida con una mirada profunda, luego se mueve del centro a la izquierda y vuelve a dormir. No hay cuadros en las paredes, ni pósteres, nada. La habitación tampoco es interesante: Hay una cama, un closet y un librero. Me pregunto si es cómoda una vida con tan pocas cosas.
Me siento con libertad en el piso contra la puerta cerrada, dejo las cervezas a mi lado y les paso a los chicos sendas latas. Destapo una para mí. Loth saca un cigarro, abre la ventana y lo enciende. Pienso en lo ridículo que es fumar junto a la ventana, el humo igual entra en la habitación. Nadie dice algo en los instantes siguientes. Estoy cómodo. No me muevo más de lo necesario y ellos tampoco. Loth de pie, aun junto a la ventana, me ve con seriedad, es parte del papel adoptado para nuestro juego. El otro chico, a quien conozco aún menos, se tiró en la cama. Sonríe con naturalidad. Me pregunto si esa sonrisa es falsa, también un personaje diseñado para encuentros casuales.

Finalmente me desabotono la camisa. Los chicos me ven, se ven, y satisfechos me imitan. No mucho tiempo después estamos sobre la cama sin algo que nos cubra. El alcohol hizo su trabajo. Beso a Loth. El otro me jala, tapa la boca de su pareja para empujarlo a un lado y me besa. Sus manos bajan a mi cadera. Las manos son arrancadas por Loth, me reclama con un beso y sustituye esas manos por las suyas, que pasan a mi pecho. Tabaco y alcohol revueltos... No es mi sabor favorito.
 Permito que ambos me manipulen. Nada les niego. Los dedos de alguien finalmente llegan a mi entrepierna. Me cohíbo, luego me siento ridículo por avergonzarme. Otros dedos bajan a la misma zona, se rozaron entre ellos y me estimulan en consecuencia. Ambos se funden con mis fluidos. Ahora es imposible definir los límites de cada hombre: son uno solo, todo pasión y lujuria que en mí converge.

Sin saber cómo o cuándo sucedió, de repente estoy fuera, en la orilla de la cama. Observo cómo la fiera se divierte acariciando su nueva forma quimérica al margen de mí. Esa pasión no era el deseo de mi cuerpo, eran celos mutuos. Debí suponerlo. Bajo de la cama y salgo en la oscuridad, cierro la puerta de la habitación con cuidado para no interrumpir. Me llevo una lata de cerveza y mis trusas, lo único que encontré a mi paso. Me tiro en el sofá junto al gato que ni se inmuta. Hasta ese instante comprendo que él no me dio la bienvenida, observó a su compañero de la noche. Él ya lo sabía y le parece natural.
Quiero irme a casa, pero mi ropa sigue en la habitación y ni siquiera tengo suficiente dinero para el taxi; el metro no pasa después de medianoche.

I. Jacinto


Jacinto
En ese niño volqué cada fetiche que de a poco me descubrí. Todas las mañanas me paré en el balcón para que sonriera y me saludara desde la acera. Su sonrisa la traduje en un regalo diario. Mis fantasías fueron en crescendo. Se volvió mi deseo en las mañanas y mi amo por las noches. Aún dormido pensaba en la forma de aprisionarlo. Mis lágrimas de frustración y rabia salían al abrir los ojos y ver el espacio vacío a mi lado. Me consolaba con verlo pasar frente a mi casa.
 –Bastián, pequeño Bastián― susurraba con frecuencia, como guardando su nombre.
Aún al borde de la locura, rezaba por algo más que una sonrisa por compromiso en un encuentro de ocho segundos. Me mantuve esperando, viviendo de mis sueños hasta que finalmente dejé el balcón. Bajé y aguardé al encuentro en la calle. Una casualidad, él lo sabía y yo también, porque no podía ser de otra manera.
— Buenos días— me dio la misma sonrisa, adornada esta vez con la sorpresa de lo inesperado. Más hermoso a un metro que a cinco. Hablamos poco, pero lo suficiente para convencerlo de venir a mi departamento. Apelé al hecho de ser un pianista “reconocido”. Él y sus padres pseudo-melómanos me habían visto más de una vez en pequeños recitales. Todo iba bien. De regreso en casa miré el viejo piano de la sala, mi confidente y único amigo. En poco tiempo tenía todo listo para cuando Bastián llegara: bebidas, comida, sorpresas.
Esperé en la puerta, paseaba dentro de la casa y regresaba al umbral, desesperado. Rechinaba mis dientes, tronaba los dedos, jugaba con las manos, fastidiado por el hecho de que los minutos pasaran y el pequeño no llegara. Casi media hora después al fin lo vi acercarse, llegó disculpándose por la demora, aunque en ese punto daba igual, lo dejé entrar en mi casa que recorrió de inmediato.
—Siempre quise aprender a tocar el piano, pero soy demasiado torpe. Mamá me pagó clases durante un tiempo y no pude aprender —pasó las manos por un costado del piano en mi sala.
— Toca algo, anda, quiero escucharte. Te prometo que no me reiré —y para darle confianza me fui a la cocina a servir un vaso con refresco: Tres hielos, cola y unas gotas para dormir. Desde la cocina escuché escalas, una tras otra, las tenía memorizadas, aunque fue evidente que mi ángel no tenía el talento ni el interés.
— ¿Cómo lo hice? —Se atrevió a preguntó tras tocar, entusiasmado por el deseo de escuchar la sentencia.
—No estuvo mal, pero lo tuyo no es la música.
Dejé el vaso sobre la mesita del centro, él lo tomó con molestia por no recibir reconocimiento; esperaba otra respuesta, algo motivador pero en lugar de eso únicamente pude intentar con mediano éxito conversar con él.
La plática se mantuvo durante un rato, le pregunté sobre la escuela, sobre su familia, amigos, cualquier cosa irrelevante de la que me olvidaría poco después.
—Ya me quedé mucho tiempo, creo que debo irme…— el pequeño estaba mareado, sus ojos nublados, confundido por el medicamento. No dijo más.

Juro que estaba enamorado de Bastián, era un buen chico. Yo también hubiera deseado que las cosas funcionaran de otra manera, pero él estaba casi inconsciente, sabemos lo que sucede después. Mi ángel susurró cosas que yo no entendía ni me interesaba escuchar. Sus súplicas sirvieron para deleitarme al tomarlo, me obligaron a usar más fuerza, quería que llorara, que suplicara.
En la mañana alguien más estaba aquí. Ahora, en un desagradable y sepulcral silencio, con una mirada de reproche. Pudo marcharse antes de que yo despertara, no habría sabido nada, pero aquí está y tuve que contarlo.

— ¿Lo pensaste al fornicar? ―Me pregunta.

—Algunas cosas. No me mires así, has escuchado historias peores.
—Seguro… ¿Y el niño?

—Nunca pude tocarlo si es lo que te preguntas. Se quedó en su pueblito. Hace un tiempo que no sé de él. A estas alturas podría tener una oportunidad, ya no es tan joven.

—Enfermizo... Pero ese no es mi problema. Me daré un baño, ve a hacer el desayuno. Ya perdí mucho tiempo con tus historias.

Tiene unos veinte años. Me parece que disfruta su trabajo, todos le pagan bien, y él no sabe hacer otra cosa que recibir caricias, golpes y mordidas de quienes pueden y quieren pagarlo.

—Lo hemos hecho unas cien veces, ¿ya me dirás tu nombre? — Pregunto luego de desayunar.

—Ya me llamas Jacinto, eso es suficiente. —Antes de que pudiera responderle, y justo tras contar su dinero, se levanta de la mesa, toma su abrigo y se marcha. Nada le quedaba por hacer en mi departamento, sitio pequeño en que ni siquiera tengo un piano.



Sobre Fulgor Oscuro de Andrea de Pablo Rodríguez

  Fulgor Oscuro es una novela BL escrita por la autora española Andrea de Pablo Rodríguez, Licenciada en Filología Hispánica y Maestra en Es...