Este es un fanfiction que escribí en febrero para un grupo de Yu-gi-oh! en que estoy en Facebook. La pareja son Chazz y Bastion, (Jun y Daichi respectivamente, para los que no la vieron en latino). Espero que disfruten de la historia.
La
rutina cada día es la misma: Bastion sale temprano por la mañana y regresa muy
tarde por la noche, duerme, y otra vez al trabajo. Cuando tengo suerte me
abraza en la cama, a veces también me besa. Ya no le pido sexo porque no parece
gustarle y creo que yo tampoco lo disfruto. Bastion presta mucha atención a sus
investigaciones y por eso nunca está en casa. Yo siempre estoy aquí, esperando
a que él regrese. En su día libre se amotina en su estudio y sigue con el
trabajo. Me reconforta saber que al menos ese día comemos en la misma casa.
Cuando toco la puerta y él se tarda casi dos minutos en abrir, yo imagino que
es para ordenar un poco antes de dejarme pasar (nunca me deja pasar, siempre
toma el plato, me da una sonrisa y regresa a sus cosas). Es una vida
silenciosa.
A
veces mis hermanos llaman y entonces me alegro un poco, reafirman de mi
decisión respecto a Bastion. Ellos no están satisfecho y reclaman con
frecuencia: “¿Por qué nos sigues humillando?” “Un Princeton no puede tener
relaciones tan poco convenientes”. Soy consciente de su molestia porque nada de
lo que hago los satisface, así que no me importan sus comentarios. Bastion no
sabe que mi familia lo desaprueba, siempre que insiste en ir a conocer a mis
padres yo le sonrío y le aseguro que iremos cuando él tenga tiempo libre: “El
día que tú quieras, Bastion, seguro que ellos te amarán”. Y ya hace un año que
se lo repito.
El
problema no es él, es su falta de memoria… o tal vez de tacto. La primera fecha
que olvidó fue mi cumpleaños, y no fue gran problema porque tampoco es una
fecha tan importante. No lo recordó, ni dijo nada al respecto, aun cuando vio
el pastel en el refrigerador. Estoy seguro de que lo atribuyó a un antojo o a
una de mis “extravagancias”, como él suele llamar a toda decisión que tomo o
cosa que le pido. Todavía hoy no recuerda que mi cumpleaños fue hace meses.
Tampoco recuerda cuando me prometió que celebraríamos navidad. Antes de mudarnos
se lo pedí: “En navidad brindaremos juntos, ¿verdad?” “Claro, cada navidad a
partir de ahora”. Pero ni siquiera regresó a casa esa noche, tampoco la
siguiente. Volvió días después, el 31, a tomar un baño, ropa limpia y luego
regresó a hacer ciencia. Ese día ni siquiera me miró, era como si no pudiera
ver nada. No cruzamos palabras. Si no le reclamé fue porque su trabajo es
importante para él, porque es lo que lo mantiene vivo y lo ayuda a que paguemos
este departamento, donde me visita unas horas al día.
Se
lo pedí hace una semana porque creí, ingenuo yo, que él recordaría si lo mencionaba
cercana la fecha: “¿San Valentín? ¿No es eso cosa de adolescentes? Da igual, si
es importante para ti podemos ir a cenar. ¿Eso te gustaría?”, y por la gran
sonrisa que me dio, estaba seguro de que no iba a suceder. Sin embargo, me alisté temprano y esperé
viendo la T.V.; revisé en el móvil las publicaciones de quienes ya estaban con
su pareja celebrando. Antes de ver el reloj, siempre cada diez minutos, voy a
la ventana y veo la calle, confiando ciegamente en que Bastion bajará de un
taxi con un lindo regalo, y yo deberé guardar compostura hasta que él llegue al
departamento.
“Creo
que tu novio olvidó su cita, jefe”. A veces los ojamas aparecen y me aturden,
dicen cosas que no quiero escuchar. “Tal vez está saliendo con alguien más”.
“¡Claro que no! Nadie puede ser mejor pareja que el jefe”. Y entre ellos pelean
mientras intento serenarme. A las diez me resigno: él otra vez lo olvidó porque
tiene cosas más importantes, cosas que lo mantienen vivo.
Voy y tomo un baño o no podré dormir por el
fijador en el cabello. Al vestirme escucho ruido afuera, parece que Bastion ya
regresó. En el sillón de la sala está su abrigo y en la mesita de centro una
caja de chocolates. No son caros y no tienen una presentación hermosa, pero ¡son
para mí!, ¡un regalo! Abrazo el paquete.
En
cuanto aparece Bastion me tiro sobre él para besarlo una y otra vez. No escucho
sus intentos por alejarme y lo llevo a la habitación. Hace mucho necesito
sentirlo cerca. No apago las luces, quiero verlo y que me vea. Me saco el
pijama rápidamente y él me mira sobrecogido. Cuando sus manos finalmente tocan
mi cuerpo me relajo. No detengo sus besos ni sus caricias que van de mi cuello
a mis muslos. Mi novio, mi soporte, está aquí conmigo. ¿Qué importa el pasado?
“Gracias
por recordarlo. Te necesitaba tanto, Bastion”. Lo abrazo y escondo mi rostro en
su cuello. Él no me responde, se limita a acariciar mi espalda. “El chocolate…
Te lo agradezco”. Otra vez silencio. Lo siento temblar y me separa un poco
antes de darme un beso: “Me lo dio una compañera. No te pongas celoso, se lo
dio a todos ahí. No estoy interesado en nadie más que en ti, lo juro”.
Y
mientras escucho sus palabras una náusea me viene de repente. Me alejo aturdido,
aunque intenta detenerme. No digo nada y él tampoco lo hace. Tomo el pijama
antes de salir: “Dormiré en la otra habitación. Mañana tengo programada una conferencia
en la Academia de Duelos y debo llegar temprano. Te dejo el desayuno en la
cocina... Descansa, Bastion”. No viene tras de mí, y por el silencio asumo que
se encerró en su estudio a continuar con sus cosas… Así es él
Tras
intentar dormir un poco, sin éxito, regreso a nuestra habitación. Parece que él
duerme ya, y yo me meto entre las sábanas para dormir a su lado: Mi hombre, mi
Bastion, al que siempre espero.
++++++++++++++++++++++++++++++
Cuando
Chazz entró en la habitación, Bastion ni siquiera se movió: “Te amo, imbécil”.
La peculiar expresión de Chazz cala en la tranquilidad del otro. Bastion
aguarda unos segundos, duda sobre lo que es correcto, pero finalmente toma por
la espalda a Chazz; lo abraza como reteniéndolo, ninguno se atreve a hablar. “Todo
estará bien, solo debo prestar más atención a los detalles”, piensa Bastion, No
sabe que en la mañana la rutina se repetirá indefinidamente.