lunes, 11 de noviembre de 2024

En el Acantilado (Sartorius X Syrus)

 En el acantilado



La primera vez que Syrus vio a Sartorius salir del mar y caminar sobre la playa, le pareció algo extraño, eran las dos de la mañana y estaba en el acantilado; no lograba conservar el sueño, así que fue a dar un paseo que lo condujo a ese lugar. Por un lado, veía las olas romper contra el despeñadero; por el otro lado, en la playa, una toalla y algo de ropa esperaban a su dueño junto a una de las farolas que iluminaban apenas lo necesario para ver si alguien ronda por ahí.

 Las noches siguientes Syrus tuvo problemas para conciliar el sueño. Se volvió una especie de costumbre ir al acantilado sin falta para ver a ese hombre, aunque solían coincidir solo dos o tres veces por semana, no siempre los mismos días. El encuentro dependía de la voluntad del mayor, Syrus lo aceptaba aun sin entender lo que lo obligaba a acudir cada noche desde hacía seis semanas. 

 Ahí estaba una vez más, desde el acantilado mirando el sitio donde las cosas de Sartorius lo esperaban. La mirada de Syrus se mantenía fija y en ocasiones intentaba verlo en la masa marina y salvaje, pero en la penumbra nada se distinguía, ni siquiera en los días de luna llena. Syrus sentía el corazón inquieto, siempre que esperaba se sentía nervioso. Pocas veces se habían cruzado sus miradas, el mayor en ocasiones lo miraba, pero no mucho tiempo, parecía ignorarlo y seguir adelante. 

 Con el rumor de las olas, vio al hombre salir del mar; a Syrus se le pausó la respiración un instante, como si quisiera mantenerse imperceptible, minúsculo y secreto. Lo observó secar su cuerpo y luego vestirse. A pesar de la distancia, distinguía los movimientos de sus manos, el equilibrio de su cuerpo y el compás de su respiración que le causaba un ligero trance. 

—Con que es aquí a donde vienes. Me tenías preocupado, amigo—. La voz de Jaden cortó el ambiente con toda la indiscreción de la que era capaz. Syrus tembló y sacó la mirada de su objetivo, buscando los ojos de su amigo y pidiendo que guardara silencio. —¿Qué pasa Sy? ¿Qué es lo que estás viendo? — El castaño asomó al acantilado. Desde abajo, en la farola, Sartorius los observaba fijamente, con el interés que no había mostrado en todas las otras semanas. Syrus no supo qué decirle a su amigo quien sostuvo la mirada de aquel hombre hasta que se marchó. —¿Ese era Sartorius? ¿Qué hacía ahí? — El castaño no podía imaginar lo que había detrás de todo eso. 

 —No lo sé— dijo al fin el de cabello azul. —Hace algunas semanas lo descubrí y quería asegurarme de que no fuera nada sospechoso… No creí que debiera avisarte hasta saber lo que ocurre. 

Aquella respuesta le pareció razonable al rojo que se llevó a su compañero de vuelta al dormitorio sin hablar más sobre el tema. 

 Las siguientes tres noches no se presentó Sartorius a la “cita”. La cuarta noche, Syrus se fue a dormir con la convicción de no volver al acantilado. Durmió con toda tranquilidad hasta las dos de la mañana. Aunque quiso convencerse de no ir, terminó ahí, esperando, con el corazón ansioso y la incertidumbre de si algo sería diferente. Al principio, todo fue igual, los movimientos indiferentes de aquel hombre le hablaron con la naturalidad de la rutina; sin embargo, al salir del mar, Sartorius miró al acantilado, veía a Syrus sin hacer alguna expresión, pero dejándole claro que lo observaba. Syrus se quedó tan aturdido al notar esa mirada que no escuchó los pasos de los que se acercaron. Tres estudiantes del dormitorio blanco le cubrieron la boca, los ojos y se lo llevaron hasta su guarida. 

 Cuando pudo ver otra vez, estaba en un sitio impoluto que daba la sensación de una habitación de catálogo, como si nadie hubiera habitado ese lugar. Syrus siempre se preguntó cómo sería el dormitorio de los azules, tan lleno de lujos y buen gusto. La imagen que tenía en su cabeza no resultó demasiado diferente con respecto al dormitorio blanco. A pesar de eso, tenía que irse de ahí; al principio intentó por las ventanas y por el baño, pero estaba imposibilitado el escape por ambos. La puerta de la habitación no fue muy diferente, también estaba cerrada. No entendía los motivos tras su captura, no era más que alguien que estuvo husmeando un poco sin descubrir nada relevante. No había presenciado algo ilegal, un plan malévolo o cualquier cosa que ameritara estar en su situación. Tras comprobar que no tenía medios de escape, terminó tirándose en la cama. Eran casi las cuatro de la mañana y lo empezaba a vencer el sueño, por lo que apenas se apoyó en la almohada, se quedó dormido. 

A las siete en punto entraron a dejarle el desayuno, el chico estaba tan cansado que no se percató de en qué momento sucedió aquello. No despertó sino hasta cerca de las diez. No le encantaba la idea de ser un prisionero, pero tampoco lo molestaba demasiado luego de dormir en una cama de buena calidad.

 Volvió a explorar la habitación, confirmando que no había una forma de escapar desde ahí, lo que significaba que tendría que esperar a que alguien llegara a darle una explicación. Miró la bandeja con el desayuno, estaba frío, pero se miraba bien. Mientras tomaba un plato con arroz, escuchó el rumor de las voces afuera antes de que la puerta se abriera. Miró a Sartorius entrar, poseía toda la serenidad que lo caracterizaba, como si supiera exactamente a dónde lo dirigía cada una de sus acciones.

 —Buenos días, joven Truesdale— la voz limpia de quien ahora mandaba sobre aquel dormitorio hizo reaccionar de inmediato a Syrus. Al principio no dijo nada, lo contempló como quien observa el abismo, la misma mirada que le daba en el acantilado. El mayor se acercó a la cama, miró la bandeja y sin pensarlo tomó una de las fresas que había en un pequeño plato con fruta. —Son excelentes, deberías probarlas— se comió la fruta y sonrió, satisfecho con el sabor. Fue a la ventana a abrir las cortinas. La luz era ya bastante cálida, estaba próximo el mediodía y ese hombre contempló la vista durante un rato.

 Syrus siguió sumido en un mutismo involuntario. La presencia de Sartorius lo abrumaba. Tal vez era eso lo que causaba en los otros estudiantes a quienes les lavó el cerebro. Eran solo un montón de polillas deslumbradas por una lámpara. El chico siguió comiendo el desayuno hasta terminarlo, luego salió de la cama y se puso los zapatos. —¿Por qué estoy aquí? No soy de ayuda para lo que sea que tengas planeado— dijo al fin Syrus, aun sin entender el por qué de su secuestro . —No hay motivos para que me tengas prisionero. 

 La palabra final llamó la atención del mayor que volteó a ver al menor y soltó una risa divertida pero discreta. —Ven, camina conmigo— invitó al menor abriendo la puerta de la habitación y dejando a Syrus salir primero. A cada lado de la puerta había sendos estudiantes a los que Sartorius rechazó con un leve ademán para que no los siguieran. El de cabello azul, dudando un poco todavía, caminó junto al mayor por los pasillos del dormitorio. Era más grande y laberíntico de lo que parecía por fuera. Todo era blanco y resplandeciente casi al punto de dañar la vista. Los pasos del líder resonaban contra el piso rítmicamente, no había variación en su tempo ni tampoco se escuchaba más ruido que el eco de ese andar. 

 —¿Vas a decirme por qué me secuestraste?— volvió a interrogar el menor luego de un rato, más resuelto que antes a pesar de lo confundido que se sentía.

 —Tranquilo, joven Truesdale. No eres un prisionero. Prefiero verte como un invitado muy especial. Deberías verlo de la misma forma— aquella voz casi sonaba irónica, como si se burlara.

 —¿Significa que puedo marcharme?

 —No. 

 Se detuvieron, finalmente, frente a una puerta. Habían recorrido varios pasillos y doblado en tantas esquinas que el de cabello azul no habría podido hacer el recorrido de vuelta sin perderse. El mayor abrió la puerta, era una oficina amplia pero acogedora y tan coherente con el resto del edificio que el resplandor era doloroso. El sol entraba ahí con libertad y el color blanco de las paredes lo dispersaba hacia cada rincón. Syrus entró casi por inercia. Hasta ese lugar alejado no llegaba más ruido ajeno al que ellos producían. De abrir las ventanas, los rumores de los pájaros y las olas del mar también habrían entrado. 

—¿Es porque te estuve observando? Si es por eso yo no…— no pudo continuar con esa frase pues no tenía idea de qué es lo que quería expresar. ¿No quería espiarte? ¿No pude evitarlo? ¿No quería molestar? ¿Estaba curioso sobre ti? Se sonrojó al meditar un instante sobre lo que significaba asistir cada noche para intentar verlo en la playa. Claro que era extraño y sospechoso, cualquiera habría tomado cartas en el asunto. 

 —Jaden Yuki— ese nombre sacó al peliazul de sus pensamientos y se sintió algo decaído por un momento. —Digamos que me interesa él. Ya que no aceptará venir por su cuenta, creí que un buen incentivo sería tenerte aquí como invitado. 

En Syrus se revolvieron varios sentimientos: por un lado lo preocupaba que su amigo pudiera ponerse a merced de esos lunáticos; por el otro, estaba un poco decepcionado de no ser realmente un foco de interés. 

 —Él no caerá en una trampa como esta. Y aunque lo hiciera, ¡es más fuerte que todo el dormitorio junto!— Syrus alzó un poco la voz y como respuesta obtuvo una risa con un resabio cruel.

 —Hablas como si no conocieras las debilidades de tu amigo, joven Truesdale. 

Syrus volvió a guardar silencio. Tenía que encontrar una forma de salir de ahí. Miró con discreción hacia la puerta, sabía que si intentaba salir de ahí, terminaría perdido en los pasillos y lo capturarían fácilmente. Se acercó a la ventana, era demasiado alto para intentar saltar desde ahí. El árbol más cercano estaba a casi diez metros, así que tampoco había oportunidad de sobrevivir si elegía la ventana como punto de fuga. Debía aceptar que estaba atrapado y sin opciones. 

 Sartoruis fue a sentarse tras su escritorio. —¿Sabes? Te veías un poco decepcionado cuando te expliqué los motivos por los que estás aquí. ¿A caso esperabas una explicación diferente? 

Syrus se sonrojó y siguió mirando por la ventana. —No… Es solo que… — tartamudeó intentando pensar en una explicación que lo sacara de ese momento incómodo.

 —Esperabas que mi interés por ti fuera genuino luego de que has ido a espiarme de madrugada durante semanas. ¿Es eso lo que quieres decir?

 El sonrojo se volvió palidez. Claro, aquello no era un secreto, habían hecho contacto visual más de una vez a pesar de que casi siempre era ignorado.

 —N-no… Eso no es… 

El mayor miró a Syrus y le pareció divertido. A pesar de esos momentos donde fingía determinación y también de ser tan entrometido, le resultaba un poco lindo, como uno de esos mamíferos pequeños a los que un puntapié puede causarles la muerte. —Joven Truesdale, hay pocas formas de conseguir mi genuino interés y no tienes acceso a ninguna de ellas. No te sientas mal, puedo asegurarte que justo ahora te aprecio considerablemente; después de todo, gracias a ti es que conseguiré a Jaden Yuki. 

El golpe en el orgullo del peliazul fue duro, se sentía aturdido y también molesto, pero no estaba seguro de la razón detrás del enojo. ¿Era por ser utilizado para llegar a Jaden o por no ser un motivo de genuino interés? Fue hacia un sofá y se sentó, estaba lejos del escritorio donde Sartorius revisaba algunos documentos. No se agregó nada a la conversación y Syrus no pudo hacer que su enojo se disolviera. Lo irritaba ser la debilidad. Creía que se estaba haciendo fuerte, pero no era así, seguía siendo el mismo debilucho cobarde de toda la vida. No estaría nunca a la altura de Jaden o de Zane, no tenía la habilidad ni mucho menos la determinación para convertirse en un duelista relevante.

 El sonido de los pasos dirigiéndose a él lo sacaron del ensimismamiento, pero el contacto con la realidad duró muy poco. Sintió a su rostro ser levantado y luego la presión sobre los labios. Todos los pensamientos desaparecieron en ese momento, en el contacto que duró apenas lo suficiente para entender lo que ocurría. Cuando Sartoruis cortó el beso, le dio a Syrus una mirada contemplativa. —Eres muy seductor cuando te consume la rabia. 

El de cabello azul no pudo responder, el aturdimiento de la repentina cercanía lo paralizó. Sintió que algo desbordaba dentro de él, así que cuando el mayor se alejó un poco más, convencido de volver a su sitio en el escritorio, Syrus lo jaló hacia sí para reconectar el beso. No sabía cómo hacerlo, pero intentó lo mejor que pudo. Movió los labios, acrecentando el contacto.

 El beso se alargó durante algunos momentos, Sartorius lo hizo más apasionado e intenso a pesar de que Syrus no podía seguirle el ritmo. Rápidamente, aquello se volvió algo más. Sobre el sofá, el de cabello azul recibía las caricias que Sartoruis daba a su cuerpo. El beso se cortaba en ocasiones, se miraban un momento y luego volvían a besarse. El menor no tenía idea de qué hacer, estaba confundido pero no quería oponerse, lo deseaba. No sabía en qué momento se empezó a sentir así, pero el rumbo que tomaba aquello era exactamente lo que había buscado sin ser consciente. Sartorius parecía satisfecho también con el rumbo de las cosas, para él no era más que un rato con un chico encantador que se marcharía cuando Jaden finalmente se convirtiera en un siervo más de la Sociedad de la Luz. 

La boca de Sartorius bajó pronto de los labios al cuello donde se detuvo un momento. La ropa del peliazul fue quedando a un lado; no dio resistencia, se dejaba llevar y lo disfrutaba. La sensación de esas manos, de los labios sobre la piel lo arrastraban a un entorno desconocido y seductor. Quería más. Al principio fue un sentimiento extraño el de los labios marcando su cuello, era raro, pero agradable. Junto a esto, vino también la succión en su pecho, en los pezones, más estimulante de lo que cualquiera supondría. Los jadeos comenzaron a hacerse notorios en este punto. Syrus, confundido todavía, no estaba seguro de si podría soportar todo lo que parecía avecinarse. Se mordía los labios y apretaba la ropa de su amante, aferrándose a él como si se tratase de un lugar seguro.

 —Comienzas a ser bastante bonito. Tal vez decida conservarte— advirtió el mayor bajando por el abdomen, dejando un rastro de saliva y arrancando con ello otro par de jadeos que Syrus intentaba controlar mordiéndose los labios. Tenía los ojos cerrados, si veía a Sartorius podría morir de la vergüenza. El mayor sentía cierta comodidad con el otro, era fácil controlarlo y estaban disfrutando los dos de la intimidad, por lo que no dudó en continuar sacando la ropa hasta dejarlo desnudo. Se alejó un poco para darle un vistazo completo, ese era el cuerpo ingenuo y ansioso de la inexperiencia. 

Se puso de rodillas frente al sofá, entre las piernas del menor y dejó una marca en la cara interior del muslo de Syrus, íntima y dolorosa, que le recordara durante varios días ese encuentro. A la marca la acompañaron varios besos y lamidas en ambos muslos que eran una tortura para el miembro que ya temblaba erecto, deseoso de atención. Una de las manos de Syrus fue a hacerse cargo por sí misma, apenas comenzó a tocarse, sintió una sacudida, se sentía increíble sentir la boca y el aliento de alguien más tan cerca junto a las caricias que él podía darse. 

 El natural avance de los sucesos llevó al mayor a una felación. Al mismo tiempo que jugaba con el miembro de su amante, lo acariciaba con una de sus manos, bombeando arriba y abajo. Las caderas de Syrus se movían por su cuenta y los gemidos y jadeos llenaban con más ímpetu la oficina. Nadie estaba cerca y no era necesario contenerse. Syrus se sentía libre y se sentía deseado. La manera en que el mayor lo tocaba lo hacía sentir como nunca y por su cabeza pasó la posibilidad que quedarse con él, volverse uno más de ellos, un amante, una mascota, cualquier cosa que le permitiera sentirse de esa forma otra vez. 

 Tras un rato, Sartorius comenzó a dilatar el ano de su amante. Primero un dedo y luego dos que jugueteaban buscando la próstata, el punto adecuado para la estimulación. No le tomó demasiado tiempo y tampoco a Syrus el aceptar tres dedos en su interior, entrando y saliendo, arrancándole gemidos y ruegos ansiosos por continuar. Nunca había pensado en estar con un hombre, mucho menos en que al hacerlo se sentiría tan deseoso de ser penetrado, pero ahora que había terminado así, podía admitir que lo deseaba.

 —Sartorius… Más… Más…— gimoteaba mientras sus caderas se movían buscando aumentar el roce, la fuerza, la violencia. 

 El mayor parecía satisfecho con la forma en que ese chico se movía, el lindo rostro que ponía al estar perdido en el placer y la forma en que rogaba. Una sonrisa se dibujó en su rostro, pero no dijo nada. Se detuvo tras uno momentos solo para sacar los dedos de dentro y liberar su propia hombría, palpitante, ansiosa por poseer aquel cuerpo. Entró con lentos vaivenes que pasaron rápido a ser movimientos más largos y acompasados donde los sonidos que ambos hacían se mezclaban y corrían más allá de las paredes y las ventanas. 

 Junto al onomatopéyico sexo, el sonido del piso cerámico también se hizo espacio desde fuera de la habitación. Alguien corría por el pasillo y se aproximaba. —Parece que tenemos compañía, joven Truesdale— dijo el mayor sin dejar de moverse. Un gruñido se le escapó al sentir que el otro le apretaba con más fuerza, asustado por las palabras que acababa de escuchar. —Y tú que creías que no vendría… ¿Qué harás cuando te encuentre así? Eres una perra muy sucia y traicionera. Me entregas el culo y me ruegas a pesar de que conoces mis planes…

 Syrus sintió vergüenza, pero el hecho de ser descubierto lo hacía sentir aun más excitado. Quería ser visto, que también Jaden descubriera en él lo erótico del sexo. Siguió moviendo la cadera, buscando los labios del mayor para ahogarse en un beso intenso mientras golpeaban la puerta intentando echarla abajo. Su mente estaba perdida, entregada por completo a Sartoruis. 

 Los golpes en el trasero y los golpes en la puerta solo hacían gemir más alto a Syrus, mientras al otro lado escuchaba a su amigo. 

—¡Syrus! ¡Syrus, ¿qué te sucede?!— la voz de Jaden lo llamaba, pero él solo deseaba ser descubierto y que Sartorius le llenara con su semen.

 —¡Más, Sartoruis! ¡Voy a…!

 La puerta cayó finalmente y el fuerte estruendo también trajo de vuelta a la realidad al peliazul que al abrir los ojos se encontraba aun en el dormitorio rojo. Había caído de la cama y Jaden lo observaba de pie a un lado. 

—¿Tuviste una pesadilla? Estabas muy agitado y no podía despertarte— Jaden se acercó a ayudarlo a levantarse, parecía que el peliazul seguía sin comprender del todo lo que pasaba. —Tal vez fue la cena, comiste demasiados condimentos. 

Syrus se desprendió del último lazo con el mundo onírico antes de abrir la boca. —Tuve un sueño extraño— fue todo lo que dijo antes de ver la hora en el reloj. Era de madrugada todavía. Jaden no hizo muchas más preguntas, volvió a la cama luego de un rato y durmió sin contratiempos el resto de la noche. Syrus no pudo dormir. Quería ir al acantilado, comprobar por sí mismo lo que había ocurrido, sin embargo, no tuvo el valor para hacerlo esa noche, ni la siguiente o la que vino después. Dejó pasar una semana hasta que se atrevió a volver. Jaden dormía, como de costumbre, con toda la profundidad que lo caracterizaba. El silencio se coronaba con las olas, los insectos y aves nocturnas. En la farola de siempre no estaban la toalla y la ropa esperando a su dueño. Tendría que volver al día siguiente.

 —Comenzaba a preguntarme qué había ocurrido contigo, joven Truesdale— una voz conocida se escuchó detrás. Syrus volteó de inmediato, encontrándose con su objetivo, más impresionante a seis metros que a cincuenta. 

—Yo… Yo no… 

 El mayor le dio una de esas sonrisas tan propias y se marchó sin decir otra cosa; caminó hacia la playa. Syrus vio a Sartorius sobre la arena sacarse la ropa. Sartorius vio a Syrus desde el abismo, sostuvieron la mirada unos segundos y finalmente el hombre entró en el mar. Luego de esa noche, Syrus no tuvo más sueños extraños y tampoco volvió al acantilado.

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Sobre Fulgor Oscuro de Andrea de Pablo Rodríguez

  Fulgor Oscuro es una novela BL escrita por la autora española Andrea de Pablo Rodríguez, Licenciada en Filología Hispánica y Maestra en Es...