sábado, 20 de junio de 2020

V. Vuelta


Todo es penumbra hasta que descorre las cortinas: comienzan las actividades, aparece la melancolía. No se pregunta razones, es una sensación de la que no logra desprenderse. Al salir del departamento son las nueve, va tarde otra vez. Se disculpa al llegar a la cafetería y nadie lo riñe porque "ya es costumbre". Ama su trabajo, se apega a la rutina. Ya no siente interés en la luz artificial, son un recuerdo adolescente: Su yo del pasado está en una foto en el departamento; cada tanto la toma y ve lo que no quiere ser más. Medio atormentado, medio determinado, piensa en el presente y en las satisfacciones con las que se encuentra y cree merecer.
Dos o tres veces a la semana visita la cafetería un estudiante. Siempre quiere lo mismo, por lo que ya nadie le pide la orden: "¿Cargadito?" es lo único que le preguntan. El mesero se acerca con un café negro y se retira con una sonrisa.
 Algo cambia hoy. El estudiante detiene por la muñeca al mesero. Por unos momentos se mantienen en silencio y a la expectativa.
― ¿A qué hora sales? ―el estudiante tartamudea. Se sorprende de sí mismo.
―Termino en cuarenta. ―El mesero mira el reloj en la pared de la barra para confirmar su afirmación. No miente.
―Trae otro café. Te espero.
El mesero no se niega, pero tampoco se emociona, continúa su turno hasta el final.
Al salir no hablan, pero caminan juntos hasta una plaza, confían en el otro sin razón aparente.
― ¿Qué te acongoja? ―Habla el estudiante.
El silencio se torna incómodo, empaña el momento.
―Es mi primer año aquí ―nuevamente intenta y otra vez sólo obtiene silencio.
Ninguno sabe qué decir.
El mesero saca un cigarro, no ofrece.
―Soy Roberto. ―El estudiante mira al mesero que no se toma la molestia de voltear, de haberlo hecho habría notado la mano estirada en busca de ser estrechada.
―Conozco tu nombre. 
El mesero recuerda la melancolía de la maña y la asume como un presagio de mala fortuna, luego se siente ridículo por creer en la fortuna.
― Entonces... ¿por qué estás triste? ―Roberto insiste.
El mesero, que ya terminó de fumar, mira al otro y suspira, se acomoda en la banca, medita lo que debería decir. No encuentra las palabras, todo se le complica, una sílaba se apelmaza con la anterior y las siguientes. Nada sale. Aguanta la respiración un segundo, exhala y vuelve a tomar aire. No quiere recordar, pero algo lo empuja a hablar finalmente.
―Se llama Jacinto…
Narra cada pasaje que recuerda. Su voz no tiene emociones, no hay sobresaltos en el monólogo que parece saber de memoria. Durante una hora el mesero habla sin pausa ni prisa. Al terminar guarda silencio. No espera una respuesta, se siente inquieto. Quiere llorar, su tendencia al melodrama está latente.
― ¿Quieres que nos veamos mañana? ―Roberto habla al levantarse.
―Irás a la cafetería.
Ambos se marchan.
Al llegar a casa, el mesero tira su retrato de junto a la ventana. En la mañana el sol lo despierta con un golpe ardiente en el rostro, otra vez no sonó la alarma. Sabe que llegará tarde y que la rutina se repite.

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