Todo es penumbra hasta que descorre las cortinas: comienzan
las actividades, aparece la melancolía. No se pregunta razones, es una
sensación de la que no logra desprenderse. Al salir del departamento son las
nueve, va tarde otra vez. Se disculpa al llegar a la cafetería y nadie lo riñe
porque "ya es costumbre". Ama su trabajo, se apega a la rutina. Ya no
siente interés en la luz artificial, son un recuerdo adolescente: Su yo del
pasado está en una foto en el departamento; cada tanto la toma y ve lo que no quiere
ser más. Medio atormentado, medio determinado, piensa en el presente y en las
satisfacciones con las que se encuentra y cree merecer.
Dos o tres veces a la semana visita la cafetería un
estudiante. Siempre quiere lo mismo, por lo que ya nadie le pide la orden:
"¿Cargadito?" es lo único que le preguntan. El mesero se acerca con
un café negro y se retira con una sonrisa.
Algo cambia hoy. El
estudiante detiene por la muñeca al mesero. Por unos momentos se mantienen en
silencio y a la expectativa.
― ¿A qué hora sales? ―el estudiante tartamudea. Se sorprende
de sí mismo.
―Termino en cuarenta. ―El mesero mira el reloj en la pared
de la barra para confirmar su afirmación. No miente.
―Trae otro café. Te espero.
El mesero no se niega, pero tampoco se emociona, continúa su
turno hasta el final.
Al salir no hablan, pero caminan juntos hasta una plaza,
confían en el otro sin razón aparente.
― ¿Qué te acongoja? ―Habla el estudiante.
El silencio se torna incómodo, empaña el momento.
―Es mi primer año aquí ―nuevamente intenta y otra vez sólo
obtiene silencio.
Ninguno sabe qué decir.
El mesero saca un cigarro, no ofrece.
―Soy Roberto. ―El estudiante mira al mesero que no se toma
la molestia de voltear, de haberlo hecho habría notado la mano estirada en
busca de ser estrechada.
―Conozco tu nombre.
El mesero recuerda la melancolía de la maña y la asume como
un presagio de mala fortuna, luego se siente ridículo por creer en la fortuna.
― Entonces... ¿por qué estás triste? ―Roberto insiste.
El mesero, que ya terminó de fumar, mira al otro y suspira,
se acomoda en la banca, medita lo que debería decir. No encuentra las palabras,
todo se le complica, una sílaba se apelmaza con la anterior y las siguientes.
Nada sale. Aguanta la respiración un segundo, exhala y vuelve a tomar aire. No
quiere recordar, pero algo lo empuja a hablar finalmente.
―Se llama Jacinto…
Narra cada pasaje que recuerda. Su voz no tiene emociones,
no hay sobresaltos en el monólogo que parece saber de memoria. Durante una hora
el mesero habla sin pausa ni prisa. Al terminar guarda silencio. No espera una
respuesta, se siente inquieto. Quiere llorar, su tendencia al melodrama está
latente.
― ¿Quieres que nos veamos mañana? ―Roberto habla al
levantarse.
―Irás a la cafetería.
Ambos se marchan.
Al llegar a casa, el mesero tira su retrato de junto a la
ventana. En la mañana el sol lo despierta con un golpe ardiente en el rostro,
otra vez no sonó la alarma. Sabe que llegará tarde y que la rutina se repite.
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