sábado, 20 de junio de 2020

II. Compañero


No les gusto, pero igual me invitaron. Tampoco los conocía de mucho y por eso acepté pasar la noche con ellos: “será divertido”, pensé. No me molesta olvidar un rato la holgada rutina para conocer la casa de Loth. Nos vemos fuera. Aprovechamos el supermercado en la ruta para llevar unas cervezas que ellos pagan porque no llevo mucho efectivo, apenas lo suficiente para el metro.
La casa/ departamento es apretado, tiene la cocina sucia, la sala con un único sofá y, sobre este, un gato flaco durmiendo. El gato abre los ojos y me observa de arriba a abajo. Me da la bienvenida con una mirada profunda, luego se mueve del centro a la izquierda y vuelve a dormir. No hay cuadros en las paredes, ni pósteres, nada. La habitación tampoco es interesante: Hay una cama, un closet y un librero. Me pregunto si es cómoda una vida con tan pocas cosas.
Me siento con libertad en el piso contra la puerta cerrada, dejo las cervezas a mi lado y les paso a los chicos sendas latas. Destapo una para mí. Loth saca un cigarro, abre la ventana y lo enciende. Pienso en lo ridículo que es fumar junto a la ventana, el humo igual entra en la habitación. Nadie dice algo en los instantes siguientes. Estoy cómodo. No me muevo más de lo necesario y ellos tampoco. Loth de pie, aun junto a la ventana, me ve con seriedad, es parte del papel adoptado para nuestro juego. El otro chico, a quien conozco aún menos, se tiró en la cama. Sonríe con naturalidad. Me pregunto si esa sonrisa es falsa, también un personaje diseñado para encuentros casuales.

Finalmente me desabotono la camisa. Los chicos me ven, se ven, y satisfechos me imitan. No mucho tiempo después estamos sobre la cama sin algo que nos cubra. El alcohol hizo su trabajo. Beso a Loth. El otro me jala, tapa la boca de su pareja para empujarlo a un lado y me besa. Sus manos bajan a mi cadera. Las manos son arrancadas por Loth, me reclama con un beso y sustituye esas manos por las suyas, que pasan a mi pecho. Tabaco y alcohol revueltos... No es mi sabor favorito.
 Permito que ambos me manipulen. Nada les niego. Los dedos de alguien finalmente llegan a mi entrepierna. Me cohíbo, luego me siento ridículo por avergonzarme. Otros dedos bajan a la misma zona, se rozaron entre ellos y me estimulan en consecuencia. Ambos se funden con mis fluidos. Ahora es imposible definir los límites de cada hombre: son uno solo, todo pasión y lujuria que en mí converge.

Sin saber cómo o cuándo sucedió, de repente estoy fuera, en la orilla de la cama. Observo cómo la fiera se divierte acariciando su nueva forma quimérica al margen de mí. Esa pasión no era el deseo de mi cuerpo, eran celos mutuos. Debí suponerlo. Bajo de la cama y salgo en la oscuridad, cierro la puerta de la habitación con cuidado para no interrumpir. Me llevo una lata de cerveza y mis trusas, lo único que encontré a mi paso. Me tiro en el sofá junto al gato que ni se inmuta. Hasta ese instante comprendo que él no me dio la bienvenida, observó a su compañero de la noche. Él ya lo sabía y le parece natural.
Quiero irme a casa, pero mi ropa sigue en la habitación y ni siquiera tengo suficiente dinero para el taxi; el metro no pasa después de medianoche.

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