sábado, 20 de junio de 2020

I. Jacinto


Jacinto
En ese niño volqué cada fetiche que de a poco me descubrí. Todas las mañanas me paré en el balcón para que sonriera y me saludara desde la acera. Su sonrisa la traduje en un regalo diario. Mis fantasías fueron en crescendo. Se volvió mi deseo en las mañanas y mi amo por las noches. Aún dormido pensaba en la forma de aprisionarlo. Mis lágrimas de frustración y rabia salían al abrir los ojos y ver el espacio vacío a mi lado. Me consolaba con verlo pasar frente a mi casa.
 –Bastián, pequeño Bastián― susurraba con frecuencia, como guardando su nombre.
Aún al borde de la locura, rezaba por algo más que una sonrisa por compromiso en un encuentro de ocho segundos. Me mantuve esperando, viviendo de mis sueños hasta que finalmente dejé el balcón. Bajé y aguardé al encuentro en la calle. Una casualidad, él lo sabía y yo también, porque no podía ser de otra manera.
— Buenos días— me dio la misma sonrisa, adornada esta vez con la sorpresa de lo inesperado. Más hermoso a un metro que a cinco. Hablamos poco, pero lo suficiente para convencerlo de venir a mi departamento. Apelé al hecho de ser un pianista “reconocido”. Él y sus padres pseudo-melómanos me habían visto más de una vez en pequeños recitales. Todo iba bien. De regreso en casa miré el viejo piano de la sala, mi confidente y único amigo. En poco tiempo tenía todo listo para cuando Bastián llegara: bebidas, comida, sorpresas.
Esperé en la puerta, paseaba dentro de la casa y regresaba al umbral, desesperado. Rechinaba mis dientes, tronaba los dedos, jugaba con las manos, fastidiado por el hecho de que los minutos pasaran y el pequeño no llegara. Casi media hora después al fin lo vi acercarse, llegó disculpándose por la demora, aunque en ese punto daba igual, lo dejé entrar en mi casa que recorrió de inmediato.
—Siempre quise aprender a tocar el piano, pero soy demasiado torpe. Mamá me pagó clases durante un tiempo y no pude aprender —pasó las manos por un costado del piano en mi sala.
— Toca algo, anda, quiero escucharte. Te prometo que no me reiré —y para darle confianza me fui a la cocina a servir un vaso con refresco: Tres hielos, cola y unas gotas para dormir. Desde la cocina escuché escalas, una tras otra, las tenía memorizadas, aunque fue evidente que mi ángel no tenía el talento ni el interés.
— ¿Cómo lo hice? —Se atrevió a preguntó tras tocar, entusiasmado por el deseo de escuchar la sentencia.
—No estuvo mal, pero lo tuyo no es la música.
Dejé el vaso sobre la mesita del centro, él lo tomó con molestia por no recibir reconocimiento; esperaba otra respuesta, algo motivador pero en lugar de eso únicamente pude intentar con mediano éxito conversar con él.
La plática se mantuvo durante un rato, le pregunté sobre la escuela, sobre su familia, amigos, cualquier cosa irrelevante de la que me olvidaría poco después.
—Ya me quedé mucho tiempo, creo que debo irme…— el pequeño estaba mareado, sus ojos nublados, confundido por el medicamento. No dijo más.

Juro que estaba enamorado de Bastián, era un buen chico. Yo también hubiera deseado que las cosas funcionaran de otra manera, pero él estaba casi inconsciente, sabemos lo que sucede después. Mi ángel susurró cosas que yo no entendía ni me interesaba escuchar. Sus súplicas sirvieron para deleitarme al tomarlo, me obligaron a usar más fuerza, quería que llorara, que suplicara.
En la mañana alguien más estaba aquí. Ahora, en un desagradable y sepulcral silencio, con una mirada de reproche. Pudo marcharse antes de que yo despertara, no habría sabido nada, pero aquí está y tuve que contarlo.

— ¿Lo pensaste al fornicar? ―Me pregunta.

—Algunas cosas. No me mires así, has escuchado historias peores.
—Seguro… ¿Y el niño?

—Nunca pude tocarlo si es lo que te preguntas. Se quedó en su pueblito. Hace un tiempo que no sé de él. A estas alturas podría tener una oportunidad, ya no es tan joven.

—Enfermizo... Pero ese no es mi problema. Me daré un baño, ve a hacer el desayuno. Ya perdí mucho tiempo con tus historias.

Tiene unos veinte años. Me parece que disfruta su trabajo, todos le pagan bien, y él no sabe hacer otra cosa que recibir caricias, golpes y mordidas de quienes pueden y quieren pagarlo.

—Lo hemos hecho unas cien veces, ¿ya me dirás tu nombre? — Pregunto luego de desayunar.

—Ya me llamas Jacinto, eso es suficiente. —Antes de que pudiera responderle, y justo tras contar su dinero, se levanta de la mesa, toma su abrigo y se marcha. Nada le quedaba por hacer en mi departamento, sitio pequeño en que ni siquiera tengo un piano.



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